Esto pasa a menudo. Ocurre casi siempre con los puntos, las comas, los acentos y los puntos de exclamación. Se escapan, huyen para esconderse de mi mirada crítica y gozar el sabor de la libertad; al final he aprendido a dejarles ir a su aire porque sé que siempre terminan volviendo a su sitio. Confieso que tengo predilección por el punto y coma porque siempre me han gustado los detalles que marcan la diferencia.
Escribo rápido y corrijo lento, lo hago quitando y poniendo párrafos, cambiando su orden. Elimino una frase para volverla a poner en su sitio. Hago crecer las historias o las acorto en función de mi intuición. Cuando se abre el telón y veo al público que espera, siento la emoción que se siente al ofrecer un regalo elegido con ilusión.
A veces lloro, a veces rio, a veces me pongo melancólica y muchas veces soy feliz y doy palmadas de alegría ante un final inesperado que cierra una historia inconclusa.
Casi siempre, sin embargo, es el narrador o el personaje el que me agarra de la mano y se poner a escribir por su cuenta. Es entonces cuando las notas de mi guitarra, los puntos y comas escondidos en libros ya leídos; y mi cuadro favorito me dicen que hay algo mágico en todo esto y que el orden sólo puede emocionar cuando se ha llenado de desorden.
Isa.Zabal – Octubre 2022

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