Y me lleva de la Mano

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Puedo estar con un vestido ligero, con un grueso jersey, en pijama, con los labios pintados o la cara sin lavar, pero siempre estaré descalza. A mi alrededor libros ordenados linealmente, dos guitarras y un atril con partituras olvidadas. En la pared algunos grabados que ya han adornado mi vida en otras estancias. Me rodean momentos, palabras y recuerdos.

Me siento a escribir y lo primero que hago es poner música de fondo, una música suave y melancólica se unirá a las palabras que surjan del teclear del ordenador, a su lado un cuaderno siempre colocado en línea recta, botes con lápices -todos iguales-, y algunas velas que perfuman el ambiente y el pensamiento.

A veces me siento llamada por una idea que no abandona mi cabeza y está deseando llegar hasta mis dedos; otras veces son ellos los que construyen ideas que no existían. En mi cabeza siempre un montón de historias surgidas de mirar a los otros, vivir mil vidas y escuchar atentamente palabras y silencios.

El otro día estaba entusiasmada escribiendo un relato que atrapé al vuelo en una conversación de la calle. Iba por la tercera frase y la i empezó a rebelarse dando saltos en la pantalla hasta que su punto se largó del ordenador. Convertido en una línea continua, se puso a corretear por toda la habitación; entró en el Quijote y le dio por subrayar algunas frases: – ladran, luego cabalgamos-, -es el amor querido Sancho-, y otras muchas que no merece la pena mencionar. Cuando conseguí que el punto, ahora convertido en raya, saliera de ese clásico, empezó a corretear por mis fotografías marcando círculos en las imágenes que más le gustaban; al final se metió en el diccionario de Alemán y se ha quedado allí  hasta ahora.

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