En el semáforo

Semafoto

Son las ocho de la mañana, hora de atascos y aglomeraciones. Llega una chica, sus rastas recogidas en una coleta se mueven a la velocidad de sus pasos. El piercing de su ombligo brilla con el sol.

Se coloca muy sería al lado del semáforo y comienza a sacar los instrumentos de la bolsa que hasta hace un instante colgaba de su hombro y los  hace sonar pegando los oídos a ellos, luego los coloca en fila. Parece que sus tatuajes fuesen un manual de instrucciones.

En el mismo semáforo, un chico lanza pelotas al aire. Hace acrobacias. Sus zancos de al menos un metro de alto y su gran sombrero de rayas amarillas y verdes forman un conjunto colorido  de  más de tres metros. Ella no le ha visto,  no está acostumbrada a mirar hacia arriba.

– ¡Eh! ¿Qué haces? Le grita él.

-¿No ves que este es mi sitio?

Algo nerviosa, sigue con su tarea y se coloca las campanillas en sus tobillos. Cierra la bolsa y la deja cerca de la acera, debajo de un árbol.

Está preocupada, ha sido difícil sacar el permiso del Ayuntamiento y si se tiene que ir de ese semáforo,  no sabe, cómo conseguirá el dinero que necesita para pagar su comida y el autobús.

-¡Perdona, pero tengo el permiso! y enseña el certificado sellado. Alzando los brazos y con ellos, su blusa de seda roja.

-Bueno, pues entonces toca y luego hablamos, -le grita el- mientras va recogiendo  propinas de las ventanillas abiertas que le ofrecen dinero y sonrisas.

Ella comienza a tocar al ritmo de las bolas que el  lanza al aire en un sinfonía amarilla. Al oír esa música tribal,  el joven sonríe y comienza a bailar con sus zancos mientras ella lo hace a su lado tocando la pandereta.  Las campanitas de sus tobillos tintinean alegres, su falda estampada se abre y ensancha. Juntos parecen un ramo de flores mecido por el viento.

Solo tiene dos horas para disfrutar y cambiar euros por sonrisas, después deberá encerrarse a solas con su futuro. En cuando estás trascurren,  para de bailar en seco, recoge sus cosas y se va con paso alegre, al encuentro de sus corcheas, bemoles y sostenidos

-¿Te vas? – le grita el chico debajo del sombrero

-Si, tengo muchísima prisa

-Hasta mañana, -le grita él- y  tirándole una bola a los pies, sonríe

-Hasta mañana, contesta ella, sabiendo que su territorio ha sido conquistado

La danza se repite cada día durante semanas, ella se ha acostumbrado a mirar hacía arriba cada mañana y a descontar del conjunto de zancos, gorro, piernas y tronco y cabeza,  los metros que harían falta para que los ojos de él se posen en los de ella.

Hace unos días, una moto rápida que no se paró en el semáforo, alargó la mano hasta agarrar la bolsa y llevársela.  Ella comenzó a gritar; él comenzó a correr detrás de la moto mientras su sombrero de rayas daba saltos hasta perderse entre los coches. Después de una frenética carrera, la moto desapareció con la bolsa sin que el chico pudiese alcanzarla. Impotente y con los brazos caídos, regresa hasta la esquina en la que ella lloraba en un compás de dos por cuatro. La abraza, la cara de ella apoyada en el pecho de él.

-No te preocupes, ya compraremos otros instrumentos, le dice al oido

-¡No!, dice ella

-Si, de verdad, -murmura con su acento es extranjero-.

.¡No!, – y sigue llorando, mis partituras…., -. Mahler -. dice ella

-No te entiendo

 

Ella le cuenta bajito, ya algo más  tranquila, los dos años que ha pasado trabajando en su concierto y la  ilusión con que espera la gira que finalmente le han ofrecido.  Todo perdido en un instante de descuido, dice en un adagio de lágrimas y desconsuelo.

Siguen hablando, mientras él va limpiándole las lágrimas y finalmente , se abrazan sellando un acuerdo y un objetivo común, los ojos de él posados en los de ella, el brazo de él apoyado en sus frágiles hombros.

Desde ese día, a través de la ventana del segundo piso del primer edificio de la calle del Pez, salen unas notas de contrabajo. Se ven unas rastas muy altas y rubias que se mueven en un fa sostenido, mientras una mano experta hace rápidas acrobacias tomando notas en una partitura . Cuando descansan, se unen en un beso sellado por el metal de los piercings, las manos de él acarician un cabello imposible de acariciar.

Entre deshacer nudos y metales, sus besos se alargan mucho más que los que se dan las parejas más formales.

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