
Todavía seguía siendo un hombre atractivo. Con su metro noventa de altura, su pelo canoso y las arrugas que marcaban su cara con un trazo de ternura y experiencia, sabía que aún podía hacer volver cabezas cuando andaba por la calle. Ahora las cabezas que se daban la vuelta para mirarle eran, quizás, algo más maduras que años atrás, pero eso no tenía importancia.
Los años de viajes, cenas, conciertos y encuentros con la alta sociedad romana, habían impregnado sus gestos de una elegancia sutil, que se notaba en el exquisito cuidado con el que elegía cada una de las prendas de su vestuario, en la elección de un menú y en modo de escuchar y dirigirse a su interlocutor con una sonrisa atenta, bajando ligeramente la cabeza para parecer más cercano. Sus manos tenían la seducción inconfundible de aquellos hombres acostumbrados a la pasión y la caricia y eso se notaba en la manera en que acompañaba con un movimiento preciso, cada una de sus palabras.
Hace más de 15 años que regreso a Madrid, dejando la embajada Española en Roma. Los mismos años que ha pasado recordando con nostalgia las noches de verano en el Trastevere, los paseos por la Plaza Navona, la cenas intimas en la Tratoria Don Gioviani, con sus manteles a cuadros y su risotto nero , los besos en la escalinata de la Plaza de España y el olor tan singular de Antonella, mezcla de jazmín y magnolia. Un olor que no desapareció con ella y que permanecía muy vivo en su recuerdo.
Cada día le pesaba más la soledad, su dormitorio vacío y su charla a solas con el retrato de esa mujer a la que quiso apasionadamente. Cada mañana pensaba en hacer algo diferente que le sacase de sus días vacíos de amor y llenos de recuerdos. Cada tarde hacía el mismo paseo a solas por el parque cercano a su casa. Se aburría. Tenía ganas de emprender algo nuevo, de variar su rutina y, aunque le costase aceptarlo: a veces hasta sentía la tentación de romper la promesa de acabar su vida siendo fiel a su último amor.
Después de un verano aburrido y más caluroso de lo normal, decidió empezar a hacer algo para cambiar su vida y, a principios de septiembre comenzó a confeccionar una lista de actividades a iniciar con el nuevo curso. Se informó de las carreras que podía cursar en la universidad, las organizaciones con las que podría colaborar y los instrumentos que le gustaría aprender a tocar. Estudio el programa de Opera de la temporada y cómo cada año apuntó en su agenda de piel marrón sus citas con Puccini, Verdi y Donizetti, renovó su suscripción anual de amigo de los museos, y se informó de las últimas novedades editoriales.
La verdad es que, además de su agenda musical, algunos monográficos de pintura, y los paseos de siempre al mercado en busca de un queso o una buena burrata, no había nada en la planificación de su nuevo curso que se le sedujera verdaderamente. Tampoco encontró nada apetecible entre la multitud de oferta de cursos, cursillos, masters y seminarios y lo de empezar a trabajar sus músculos en una máquina infernal , rodeado de cuerpos sudorosos, le producía una pereza terrible. Sin embargo, siguió buscando e investigando, dispuesto a buscar la actividad que le ayudaría a sacudirse el sopor de tantas tardes iguales. Cuando ya estaba punto de rendirse, se paró en un pequeño anuncio enmarcado en negro y lo leyó detenidamente.
El curso intensivo que programaba la Scuola Italiana le parecía una buena forma de comenzar una nueva etapa y, cambiar la rutina de las tardes por la gramática italiana, le atraía especialmente.
- ¿Por qué no refrescar, el imperativo el subjuntivo y las particelas?, se dijo
- ¿Por qué no volver a leer a Pirandelo, Italo Calvino y Umberto Eco en su lengua original?
Después de unos minutos de vacilación, se decidió a recortar el anuncio y guardarlo en la memoria y en la agenda. Una semana después había pagado el importe de la matrícula y rellenado, con su cuidadosa letra el formulario de inscripción. Es curioso que buscando llenar su vacío con algo nuevo, resolviese volver al pasado repasando una lengua ya vivida y casi olvidada.
No estaba muy seguro de su elección fuese la correcta, pero en todo caso, lo que era seguro es que las clases de 4 a 7 de la tarde le obligarían a salir cada día de casa, conocer gente nueva, y recordar el ”ce ne siamo” con una nueva intención lejos de la diplomacia y la seducción.
El quince de Septiembre, se iniciaban las clases. Le costaría mucho admitirlo, pero la noche anterior casi no pudo dormir, se levantó temprano y se fue a comprar un cuaderno digno de su nueva etapa, repaso una y otra vez el vestuario más adecuado para su primer día de clase y estudio y ensayó en el espejo los gestos más agradables que supo encontrar entre su repertorio. Media hora antes de salir de casa, se decidió por unos tejanos algo gastados, sus viejos zapatos de cordobán marrón, una camisa Oxford azul clara y en sus hombros, cuidadosamente desplegado un jersey de cachemir de un rosa antiguo. Creyó que era un modelo lo bastante juvenil para no llamar la atención entre los compañeros que, suponía, serían mucho más jóvenes que él, y lo suficientemente elegante para poder darle las buenas tardes al portero sin que este se sorprendiese por nada.
Al llegar a la Scuola, se sentía extraño. Después de hacer la prueba de aptitud, le habían propuesto integrarse en tercer curso ya que aún mantenía bastantes conocimientos sobre la lengua, más de los que él pensaba. Esto hizo que se encontrase ante un grupo de compañeros de clase que ya se conocían, se saludaban y contaban sus aventuras de verano intercambiando experiencias y risas.
Se sentó en el primer sitio que vio libre, al lado de nadie y delante de todos. En primera fila, aislado de la charla juvenil que le rodeaba, se preguntaba de nuevo si esa era la actividad que le iba a sacar de su soledad o, si el sentirse tan diferente a los demás, le llevaría a hundirse aún más en los recuerdos y la vejez incipiente.
Trascurridos cinco minutos de incertidumbre y espera, se abrió la puerta del aula, dejando aparecer una figura menuda de joven mujer, su cabello rizado y espeso de un rojo natural, cubría unos hombros blancos y estrechos manchados por miles de pecas, sus ojos glaucos, de un azul dormido e inexpresivo, se inundaron de chispas cuando dijo, con una voz alta y grave que contradecía la imagen de inocencia que sugería su cuerpo y su vestuario:
– Buona sera, sono Paola, la vostra letrice
A partir de ese momento se concentró en esa voz densa y turbia, en escuchar ese sonido profundo que le remitía a tantas y tantas noches intensas de vino y besos, al “ Ti voglio bene assai” que sonaba cuando Antonella y el recorrían el pasillo de su piso de Roma quitándose mutuamente la ropa, riéndose y lanzándola al aire cómo cometas al viento. Las palabras de la profesora eran cómo caricias dadas y recibidas, cómo el paladear de un chocolate oscuro, cómo una pluma rozando un vientre henchido.
Paola comenzó la clase repasando I verbi italiani, hablaba de las diferencia entre el posesivo presente y futuro, y el soñaba con poseerla, con acercarse a ella mientras estaba escribiendo concentrada en la pizarra, rodearla con sus brazos y arrancarle con furia esa camiseta negra que, al levantar el brazo, dejaba entrever una piel sedosa y tan blanca cómo anticipaba el rojo de su pelo.
Quería contar y besar cada una de sus pecas, hacer que desaparecieran en su boca y se fundieran en su garganta. Quería que sus ojos le sonriesen sólo a él, y que sus manos dejasen la tiza para dejarle explorar y lamer sus dedos, sus uñas y sus pies. Pasaron los días y las clases de repaso, y él pasó por el subjuntivo sin pena ni gloría, resultándole totalmente indiferente el pasivo y sintiendo profundamente el imperativo de una carne resucitada.
Siguieron avanzando en la gramática y la sintaxis y cuando ella hablaba de la particela – ce- él se imaginaba un – nosotros- en el que sólo estaban ellos dos. Cuando explicaba el significado de –ne- se veía en una cama revuelta sientiendose agotado, quemado y ahogado en una multitud de cabellos de fuego y cuando callaba y miraba a la clase intentando descifrar el interés de sus alumnos, él se fundía en su mirada y se mecía en un interrogante de presente y futuro.
No le importaba su edad, ni el anillo que ella lucia en su mano derecha, no le importaba que sus compañeros se riesen de sus modales algo anticuados, ni de los modelos que lucía cada día con mayor esmero. No le importaba que ella le sonriera condescendiente cuando pronunciaba una “ese” sola como una “doppia.”Tampoco le importaba no llegar algún día al primer acto de una Opera, ni el no haber comenzado ni uno sólo de los libros que había comprado para pasar los meses de otoño. Sólo quería escuchar esa voz grave y oscura y seguir contando pecas.
Pasó Septiembre, Octubre y Noviembre, y llego Diciembre con su carga de recuerdos y nostalgia, con sus vacaciones y sus Panetonne y con algunos Christmas que aún le llegaban y que leía sin mucho interés ni ir más allá de la primera frase.
Al llegar Enero, con el nuevo regreso a las aulas, todo cambió, se sentó cómo siempre al lado de nadie y delante de todos: en primera fila , aunque esta vez sus compañeros le preguntaron por sus vacaciones sin que eso le empujase a cambiar su puesto. Paola entró cómo siempre unos minutos más tarde que sus alumnos. Se hacía esperar cómo toda mujer que se sabe deseada. Su melena roja y espesa era un rizo más larga que en Septiembre, sus brazos se percibían igual de flacos y las pecas permanecían escondidas bajo un jersey negro y largo de cuello alto. Además de esos pequeños detalles, nada parecía haber cambiado en ella, pero un perfume nuevo la rodeaba, un perfume a jazmín y magnolia que desato en Enero, unos sentidos que ya se habían despertado en Otoño y que le mantuvieron inquieto durante toda la clase.
No oía las particelas, ni el subjuntivo, ni el futuro imperfecto, no sentía más que su corazón acelerado y un cosquilleo que casi había olvidado. Diseccionaba cada nota de olor, separando el jazmín de la magnolia, pensando en un pecho de mármol, en una flor que se abre lentamente sin que necesite estaciones ni atajos, en los pétalos caídos, en el agua estanca y derramada. Dejó pasar las tres horas con el imperativo de acariciar esa piel tan blanca, de besar a la guardiana de esa voz soez y oscura, que repetiría para el las palabras más procaces y las más dulces, sólo sentía el imperativo de aprisionarla y definirla en un presente de experiencia y sabiduría, de llevarla a una Roma imaginaria de noches eternas y orgías inacabables.
Al acabar la clase se acercó a ella y le dijo:
-Signorina, ¿me puede decir donde ha comprado ese perfume?
-Naturalmente: me lo hacen especialmente para mí en el Ufficio de Santa Maria la Nova en Roma.
– Grazie tante
Al salir, siendo el último, y cerrar la puerta del aula respiró profundamente, cerró los ojos y volvió a casa andando muy despacio, deshojando y rompiendo las páginas del cuaderno que con tanta ilusión había comprado cuatro meses atras. Volvió a casa y abrió la puerta con una tristeza real e imaginada que alcanzaban a la cerradura y a la llave. Entró de nuevo en la casa de siempre para quedarse en ella todas las tardes de cuatro a siete.
Nunca más volvió a su clase de Italiano y olvidó de nuevo el subjuntivo, el pasivo y el pretérito perfecto. El imperativo perdió inmediatez y se convirtió poco a poco, en un dialogo lento y razonado. Olvido el fuego de los últimos meses con resignación y sin tristeza. No quería repetir el pasado ni que sus recuerdos permaneciesen en el aroma de Jazmín y Magnolia que había envuelto sus noches de pasión y sus días de amor. No quería repetir el paseo a Santa María la Nova ni pisar los pasos dados anteriormente cogido de la mano de Antonella. Quería que el rastro del perfume que nunca había olvidado, le perteneciese sólo a ella: Antonella per sempre il mio amore.

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