Navidades Numismáticas

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María pasaba cada día  delante de la tienda, una tienda escondida en un barrio alejado y alegre de la pequeña ciudad de provincias donde vivía. En verano con sus vestidos de tirantes, en invierno con gorro y bufanda, en primavera con paso alegre, en otoño pisando las hojas caídas. Cuando hacía viento abría muchos los brazos y cerraba los ojos. Cuando llovía,  brincaba en los charcos con su gabardina de charol amarillo salpicando el escaparate de la pequeña tienda. Ella ni se daba cuenta, el escaparate sí.

Pedro, numismático por  herencia y afición, veía pasar cada día a la niña  por delante del escaparate de su tienda. Con sus trenzas largas y castañas, sus piernas cómo palillos y su andar ligero,  esa imagen, tan diferente a las que se reflejaban en sus sellos, era para él un soplo de aire fresco y una brizna de alegría.  Los dos  minutos que trascurrían desde que veía acercarse a la niña que desaparecía en un instante mínimo, justificaban sobradamente todas  horas que pasaba en silencio y soledad.

Pedro amaba lo que hacía, desde que con  veinte años  comenzó a trabajar con su tío Carlos en el negocio familiar, ha sido feliz clasificando monedas según su época y valor. Las ha limpiaba y catalogado pacientemente poniéndolas por orden histórico en sus estuches de plástico y estudiando  la historia y significado de todas las joyas que han caído en sus manos.

Mucho antes de levantar la persiana que daba entrada a los clientes, generalmente inexistentes, comenzaba a trabajar. Le gustaba iniciar el día muy temprano para revisar el listado de sus llamadas, informarse de las subastas de colecciones y no dejar pasar las oportunidades que le ofrecía el día para  conseguir la pieza única.  Antes de que el barrio comenzase a funcionar él ya estaba organizado para la caza de rarezas.

Cuidaba sus sellos con mimo, con sus pinzas en la mano derecha y la lupa en la izquierda, revisaba cuidadosamente cada detalle, buscaba y suspiraba ante el mínimo defecto y lanzaba una exclamación de satisfacción ante la perfección. Era muy feliz viviendo en el en el pasado y no pensando nunca  en el mañana excepto cuando recibía un encargo o sentía que alguna de sus piezas no encontraba salida.

En su tienda, al contrario de lo que ocurría  hace años, no entraba mucha gente, pero cuando algún cliente traspasaba la puerta, este disfrutaba hablando con el  y raramente salía sin haber invertido gran parte de sus ahorros en ampliar su colección.

María,  iba contenta a la escuela. Al principio agarrada a una mano adulta, más adelante con algún otro niño o protegida con su  cartera escolar llena de libros y futuro. Nunca se paraba ante la pequeña tienda de puerta estrecha y escaparate aburrido. Nunca excepto el 8 de diciembre.

Ese  día Pedro sacaba de su caja  a su viejo  de Papá Noel, un muñeco mecánico que subía y bajaba por una cuerda cómo si estuviese cumpliendo con su obligación anual y trepase por el escaparate  para dejar un regalo al vecino del primero.

Ritualmente Pedro desplegaba el muñeco, lo miraba, lo estiraba y salía  a la calle a colocarlo, pasaba el cable por la puerta y hacia una prueba enchufándolo despacio y con algo de temor ante la posibilidad de que el tiempo le impidiese funcionar. Cuando comenzaba la música y el muñeco se ponía a bailar, él reía a carcajadas transformándose en un niño alegre que espera la recompensa a un año de buen comportamiento. Se reía sólo en el exterior de su tienda ante un juguete que le remitía a la infancia.

El 8 de Diciembre  María, no tenía colegio, pero igualmente pasaba por la tienda dando saltos de alegría ante las primeras luces de la Navidad. Ese era el único día del año en que se paraba delante del escaparate de la pequeña tienda de sellos, miraba el Papá Noel y se reía sola mientras Pedro levantaba la vista de sus sellos y la observaba con una sonrisa y lágrimas en los ojos.

Pasaron los años y siempre se cumplía el mismo ritual:  2 minutos de saltos e indiferencia diaria y unas risas alocadas en navidad marcaba el pasar del tiempo. María, se fue  convirtiendo   en una mujer alta y alegre con  las mismas piernas de siempre que ahora andaban al ritmo que le indicaban unas caderas firmes y voluptuosas.

Aunque sus dos minutos de  ver cada día pasar a la niña fueran  ahora los de una joven mujer, aunque María ya no saltará en los charcos ni llevase su gabardina de charol amarillo, Pedro siguió colgando en el escaparate su Papá Noel mecánico cada Navidad y María siguió, durante años,  parándose y riendo mientras le miraba a través del cristal. Al notar su mirada, él levantaba los ojos de sus sellos cómo si la sonrisa fuese incompatible con la numismática. Era cómo un código secreto en el que el futuro y el pasado se entendían a perfección.

Todo cambio hace 5 años: desde hace cinco  primavera María no pasa por el escaparate lleno de catálogos de sellos, no salta, no ríe ni baja su cabeza pensativa paseando por la calle de siempre. Pedro  esperaba cada día el paso de esa figura alegre que cada día, aparecía como una sombra y desaparecía cómo un suspiro,  pero proseguía clasificando  sus sellos y monedas y recibiendo las visitas de sus clientes que eran cómo gotas aisladas de lluvia. Desde hace cinco años las estaciones y los días han sido iguales  para él,  sin embargo  al llegar el 8 de Diciembre ha sentido,  igualmente, esa llamada especial que le hacía  esperar algo nuevo y diferente.

Durante estos 5  años  al llegar el inicio de la Navidad, ha seguido sacando su muñeco de su  caja  de esperanza y se ha reido  sólo en la calle al oír la cancioncita que indicaba el movimiento que le acompañaría durante todas la Fiestas.Desde hace 5 años sus ojos no se han levantado de sus sellos y monedas, valuandolos, asegurándose de que sus sellos no tuviesen manchas ni perforaciones y emocionándose al encontrar la perfección.

En el fondo ha sido bastante feliz, con sus sellos, sus monedas y con su compra y venta de colecciones. Por eso resulta difícil de entender que el pasado  Septiembre decidiese  cambiar su negocio y poner una pequeña papelería al lado del colegio de los Agustinos. Allí rodeado de lápices, cartulinas de colores y cromos de la liga de futbol, sonríe cada día a las pequeñas cabezas que le miran con un euro en la mano y una cartera escolar en la otra.

Allí María entra, de vez en cuando, con su pequeño de 4 años en una mano y la cesta de la compra en la otra,  y le pide un sobre de cromos de Pokemon mientras que en sus ojos brilla una sonrisa de complicidad.

Esta  Navidad nadie ha echado de menos ni al Papá Noel que trepaba cada año en el escaparate de  la pequeña tienda de Numismática ni la luz mortecina que hace tiempo que no se enciende.

Los clientes siguen encontrado sus rarezas y colecciones en www.numismaticapedro.com y en el escaparate cuelga un cartel:  Se traspasa por falta de Futuro.

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