El vaso hace un rato que está vacío. El hombre se levanta a servirse el consuelo de otros 30 minutos. Sin embargo hoy, ahora, eso no es posible. La botella está completamente vacía y no tiene la generosidad de ofrecerle una gota de olvido. El hombre vuelve a sentarse en el sitio de siempre, en ese sofá hundido por la huella de su cuerpo y del tiempo. Permanece durante unos minutos sin mover el brazo de su regazo, sin acercarlo al opaco cristal que, vació e inservible, no puede ser compañero de su tiempo.
De repente todo ha cambiado, mira a su alrededor y sin saber porqué se atreve a levantar el auricular de su negro soporte. Lo acerca a su oído impaciente. Su corazón trepidante. Espera impasible una señal.Una llamada. No sabe muy bien qué espera.
Nada, no hay sonido. Silencio, vacio, muerte, frio. El hombre marca ahora despacio un número olvidado, nada. No hay sonido.
Deja el auricular despacio y sin fuerza. Su mano tiembla y se aleja vacilante hasta acercarla por inercia al vaso que ahora es un nuevo objeto de desasosiego. Mira el teléfono nuevamente esta vez con un odio insaciable. Mira fijamente a esos números que parecen dientes putrefactos incrustados en una boca de labios trasparentes y desvergonzados. Boca que ahora forma una carcajada hiriente que, sin ser sonora sabe demostrar el poder del vacío, la fuerza de su vida desaparecida por una detestable y simple circunstancia. El hombre supo entonces que el futuro nunca se aleja de la incertidumbre.
Nota de la autora:
Este es el final para los más pesimistas, los que aceptan la vida tal y cómo es. Los que dejan la mano al destino. Pero la cosa puede continuar. Decirme que final queréis y en el próximo post. Seguiremos con el siguiente capítulo
Chabela Romero


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