Estreno en el Liceo

Noche en el Liceo

Invitación en tarjeta de hilo inglés.  Letra en relieve. Firma a mano en Azul Blue Royal: El Exmo President de la Generalitat  tiene el honor de invitarle al estreno de Tristán e Isolde en el Gran Teatre del Liceo. Próximo  12 de Febrero a las 21,30.

Tarde de peluquería  tinte y secador,  manicura y pedicura  e inevitablemente, mi  brillante vestido negro. Aquí estoy.

Son  las 22,45 y   lloro  copiosamente  con las desgracias de Isolde que ¡mira que tiene mala suerte la pobre!.

A pesar  de lo que estoy disfrutando,  me siento algo indispuesta, mis tripas se mueven a gran velocidad delatando a la proletaria que llevo dentro. Noto un bulto ascendiendo por mi interior. Algo sube por mi garganta dando  saltos, se atasca  y sale disparado: ¡Deu meu!¡Es una castañuela!.

Ahí está abierta y repiqueteante, se pone a brincar, pasa a la primera fila y en un arrria-arria-pita  se planta en el escenario. Miro a derecha e izquierda y sigo disfrutando del aria. El  público es tan disciplinado que ni se ha inmutado.

23,30 Isolde está desesperada y yo también porque siento  una cuerda tensa que va desde mi laringe hasta el intestino delgado.  De  repente abro la boca involuntariamente:  se hace grande,  inmensa y de ella empieza a salir una guitarra.  Descarada, se planta ahí delante, en el único asiento vacío.  Disimulo, pero esto no acaba aquí porque en el estómago siento un toc, toc, ra-ca-ta-ca, ta. Me agacho para vomitar ese sonido que está destrozando el Solo.   Ahí están: primero el izquierdo y luego el derecho.
¡¡Ra ca-ta-ca-ta!!, van saltando y se colocan en los pies de la soprano  que, esta vez,  no ha sido capaz de mantener el Do.

Sigo sentada y noto un regurgitar que me abrasa el paladar,  introduzco  los dedos en mi boca y tiro, primero una puntilla, luego un volante, después otro,   tiro fuerte y sale una bata de cola que a golpe de volantazo,  se coloca en el  escenario meneándose  como loca al compas del sostenido.

1,00  de la mañana.  Tristan no quiere que muera Isolde.  No puedo  contener mi emoción y mi llanto es un hipido que se corta en seco  al notar  que me sube por el esófago un tremendo sabor  a cebolla.  En apenas un segundo sale de mi boca una hermosa tortilla de patatas. Saco mi Tuper y, no sin antes ofrecerle un trocito a mi vecino de al lado, la guardo celosamente.

Acaba la función, el público aplaude enloquecido: bravo, bravo, bravísimo. Mientras los artistas reciben gozosos  los plas, plas,, plas,  las castañuela sigue en el escenario:  arria-arri-pita, los tacones toc,toc,ra-ta-ta-ca-ta, están imparables pensando que ellos son los protagonistas. La guitarra  sigue con su solea. Suavemente se acaba el espectáculo. Se cierra un telón inundado en un mar de lunares.

Mi estómago está ahora tranquilo, me levanto serena. Nadie me mira.  Alfombra roja. Lámparas de cristal.  Escalinata abierta  a la salida. Parejas bellas.  Joyas  de anticuario. Coches esperando. Salgo.

Voy ascendiendo  por  las ramblas.  La estatua del guerrero me saluda. Los turistas siguen con su rutina de ciudad creada. Los borrachos se deslizan en penumbra. Las  prostitutas siguen sin entender el por qué de las caricias. ¡ Ta-ta! ¡ra-ca-ta-ta-ca!.

 

Nota sobre el cierre: los más  energéticos y jaraneros deberán quedarse con la primera parte, los más sensibles y melancólicos deberían elegir el segundo. Yo  usare uno u  otro dependiendo del día. Hoy, como estoy  contenta voy a optar por la primera opción: Se cierra el telón inundado de un mar de lunares (¿alguién ve donde está el juego?).

Chabela Romero

 

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